Si buscas una escapada de senderismo que sea capaz de combinar en un mismo pueblo la brisa del mar, el aroma de los naranjos y la fuerza de la montaña, tu destino es Tavernes de la Valldigna. Situado en la comarca de la Safor, a tan solo 45 minutos de Valencia y a 15 de Gandía, el municipio se reparte entre el casco urbano, la playa de la Goleta y un valle imponente, tapizado por completo de minifundios de naranjos y cruzado por multitud de senderos.
En esta ocasión, nosotros nos decidimos por la clásica ruta del Mirador de la Cadira. Hablamos de un recorrido de 6,5 kilómetros con unos 380 metros de desnivel positivo que se completan perfectamente en unas tres horas, aunque lo más seguro es que cuando corones la cima te quedes arriba un buen rato atrapado por el paisaje. Es la magia de este camino: pasas en muy poco tiempo de la absoluta calma del pueblo a encontrarte literalmente colgado sobre el vacío del valle.
El inicio: Café de pueblo, hospitalidad y los primeros pasos
Comenzamos la jornada como manda la buena tradición senderista, tomándonos nuestro acostumbrado café en un bar del pueblo antes de arrancar. En Tavernes no te sientes para nada un turista, sino alguien de paso por un rincón que vive al compás del valle; la gente te saluda al cruzar, los bares están abiertos de par en par listos para el almuerzo y, si preguntas por una senda, los vecinos te la dibujan encantados en una servilleta de papel.
Con esa energía, en apenas 20 minutos ya estábamos disfrutando a pleno pulmón del sonido de los pájaros y de la naturaleza pura. La pista del principio pronto se convirtió en una senda de montaña y empezamos la subida seria, que va zigzagueando de forma constante entre pinos y carrascas, donde la vegetación autóctona de margalló y lentisco nos regalaba las primeras y agradecidas sombras del camino.
Si tienes la suerte de hacer esta ruta en primavera, comprobarás que el ambiente huele a romero y a tomillo todo el rato. Al cabo de un rato salimos por fin del bosque, el viento empezó a pegar con fuerza y la vista se abrió de golpe ante nosotros, dejándonos ver la inmensidad del mar en un verdadero espectáculo para los sentidos.
Al girar a la izquierda siguiendo las señales del sendero, nos encontramos con el último tramo de roca viva. Cuando llegamos arriba del todo, tuvimos la fortuna de podernos sentar en el banco de piedra que hay allí instalado y que, de hecho, es el motivo por el que este lugar se conoce popularmente como La Cadira (silla en valenciano). Te sientas ahí y la Valldigna se abre a tus pies con los naranjos, el mar, Tavernes de la Valldigna, Simat y el imponente perfil del Montdúver vigilando desde las alturas.
Las vistas desde el Mirador de la Cadira: Un panorama de postal
Mirando hacia el este, el valle se funde directamente con la línea azul del mar, mientras que hacia el sur destaca el majestuoso Mondúver con sus 841 metros de altitud, desde donde es posible distinguir perfectamente su cresta afilada, los cortados de la roca caliza y el verde del pinar.
Si giras la mirada hacia el oeste, divisarás la silueta escarpada de la Sierra de las Agujas; al norte, el paisaje te regala una panorámica de Simat de la Valldigna y los tejados del Monasterio de Santa María, quedando justo enfrente de nosotros el entramado urbano de Tavernes.
La vuelta se realiza deshaciendo el mismo camino, pero la sensación es distinta porque el paisaje cambia por completo con la luz del atardecer. Es una ruta corta, con sombra en la subida y vistas de postal, ideal para una mañana soleada de domingo o una tarde tranquila de invierno en la que apetezca dejar el móvil en la mochila, olvidarse de las pantallas y disfrutar de verdad del lugar.
¿Qué vas a descubrir en el camino?
- Geología kárstica: La sierra está formada por piedra caliza del Cretácico, lo que te permitirá observar de cerca zonas de lapiaz, formaciones de karst y alguna sima profunda que demuestra que la roca aquí está completamente viva.
- Flora mediterránea: En los márgenes de la senda predomina el margalló, el lentisco, la aliaga y el romero, y si caminas con los ojos bien abiertos durante la primavera, podrás fotografiar preciosas orquídeas silvestres.
- Fauna salvaje: Si te gusta madrugar y llegas al amanecer, es muy probable que avistes alguna cabra montesa en las crestas, además de águilas perdiceras planeando sobre el valle y cernícalos en los alrededores del mirador.
- Historia del paisaje: Desde la cima entenderás al instante por qué la Valldigna tiene ese nombre, ya que su posición estratégica permitía controlar visualmente todo el valle y la salida natural hacia la costa.
Consejos de senderista a senderista
- La mejor época: De octubre a mayo es la temporada perfecta, ya que en verano el sol pega con muchísima fuerza en la subida; si vas con calor, evita las horas centrales del día y lleva agua de sobra.
- El calzado idóneo: Es imprescindible llevar bota de trekking, porque el tramo final de la ascensión es de roca suelta y piedra caliza que tiende a resbalar bastante si no se va bien agarrado.
- Senderismo con niños: Es una ruta apta a partir de los 8 años si están acostumbrados a la montaña, aunque en la zona del mirador conviene no despistarse ni un segundo con los más pequeños.
- ¿Te quedas con ganas de más?: Si vas sobrado de fuerzas al coronar, puedes continuar unos 20 minutos más siguiendo la senda hacia el Alt de la Drova, lo que sumará 100 metros de desnivel y te regalará una vista preciosa hacia Gandía.
Conclusión: Por qué siempre volvemos a La Cadira
La Cadira no es, ni mucho menos, el monte más alto de la provincia ni la ruta más larga que vas a registrar en tus piernas. Sin embargo, tiene un magnetismo especial, algo que te sienta en su roca, te atrapa y te engancha por la forma en que te pone todo el valle en bandeja de plata.
Se sube en poco tiempo y se baja con las piernas contentas, sin encontrarte con un mirador turístico vallado con barandillas metálicas, sino con una roca pura expuesta al viento y al silencio. Es un lugar con unas vistas espectaculares que, si el día está despejado, te dejará con unas ganas enormes de volver al atardecer para entender, por fin, por qué siempre regresamos nosotros.




