La Albufera de Valencia: Los dos ríos que formaron un paraíso.

por vvs_admin
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El Espejismo del Paraíso: Donde la Naturaleza Cuenta su Historia

Situada a escasos 10 kilómetros al sur de la ciudad de Valencia, el Parque Natural de la Albufera representa uno de los humedales más importantes de Europa. Es un ecosistema de contrastes, donde el agua dulce lucha por mantener su espacio frente al mar.

El tiempo parece haberse detenido entre barcas de vela latina, redes de pesca, arrozales y caza. Puedes distinguir claramente un ecosistema de tres mundos con una transformación durante siglos del blanco de la sal al verde del arroz:

  • El Lago: El cuerpo central de agua dulce rodeado de vegetación palustre.
  • La Marjal: Las tierras que antes formaban parte del lago y que hoy son para el cultivo del arroz.
  • La Devesa: La franja de pinos y dunas que separa el lago del Mar Mediterráneo, actuando como un escudo natural.

1. El Espejismo

Son muchas las veces que he paseado en barca al atardecer, buscando distinguir las diferentes aves y disfrutando de la maravilla que es la puesta de sol desde allí. Las barcas se deslizan sin ruido, el cielo se vuelve de color rojo y los arrozales parecen un espejo del cielo.

Es la postal perfecta. El atardecer en el paraíso valenciano. Pero detente un segundo y mira bien. ¿Esto es naturaleza virgen? ¿O es el resultado de una obra de ingeniería de siglos firmada por dos ríos… y miles de manos?

Si el Montgó, en Denia, es la roca que se niega a desaparecer, l’Albufera es justo lo contrario: el hueco que decidió llenarse. Un valle hundido entre el Sistema Ibérico y el Bético donde el Turia y el Júcar, en vez de rendirse, se pusieron a construir.

El resultado es este espejismo: un lago que parece eterno pero que el hombre y el sedimento reinventan cada día.

2. El Lienzo Perdido

Para entender l’Albufera hay que imaginarse que es una fosa tectónica, una depresión profunda entre montañas. La prueba está a la vista: la Muntanyeta dels Sants en Sueca y la Montaña de Cullera no son cerros cualesquiera. Son picos supervivientes que se negaron a hundirse.

Sobre ese lienzo hundido trabajaron los ríos (el Turia y el Júcar). Durante milenios arrastraron toneladas de sedimento desde el interior y las depositaron en la costa. Poco a poco, ola a ola, formaron la “restinga”: una barrera de arena de más de 30 km que cerró el antiguo golfo.

El mar quedó fuera. Dentro nació una laguna salada. El lienzo estaba listo. Faltaba el artista.

3. Del Mar al Arrozal

Recuerdo las veces que he visitado el lugar solo por comer una buena Paella. Son muchos los restaurantes en la Isla del Palmar donde tienen detrás una batalla de siglos contra la sal. Aunque hoy es un lago de agua dulce, su pasado salino sigue presente en la vegetación de la Devesa.

La primera versión de la Albufera sabía a sal. La restinga no era bosque de Devesa, era El Saler, la gran despensa salinera de Valencia. Durante siglos se extrajo sal en sus orillas hasta el siglo XVII. Pero el hombre tenía otros planes.

A partir del s. XVIII empezó la “dulcificación”. Con el cierre de las golas y la entrada de agua dulce del Júcar y del Turia, la laguna salada se fue convirtiendo en lago dulce. ¿El objetivo? El arroz. Se levantaron Motas, se abrieron acequias y se diseñó un calendario del agua.

El marjal natural se empezó a convertir en artificial para plantar arroz. Donde hubo salinas, se plantó el arroz. Donde hubo mar, se creó la huerta flotante que hoy alimenta a Valencia.

4. El Clímax: El Paisaje Humano

Si se abren las compuertas de las golas demasiado tiempo, el mar intenta “reclamar” su sitio y saliniza los campos. Si mañana dejáramos de abrir y cerrar las compuertas, en unos años no quedaría ni lago, ni arrozal. Todo se sostiene por una obra de ingeniería invisible.

El nivel del agua se controla artificialmente con un sistema de acequias, compuertas y golas. Es como una bañera gigante con grifos y desagüe. Sin esa gestión diaria, el lago se colmataría o se salinizaría en pocas décadas. El agua viene de los ríos, los Ullals y aguas subterráneas.

La Albufera ya no es natural, es un paisaje humano. Y eso tiene dos caras:

  • El agricultor como escudo: Sin los arroceros, este marjal sería urbanizable. El cultivo mantiene el suelo inundado, crea hábitat para 350 especies de aves y actúa como pulmón verde. El agricultor, sin quererlo, es el mayor ecologista del parque.
  • El agricultor como reto: Pero ese mismo cultivo necesita fertilizantes. La contaminación difusa y la pérdida de calidad del agua son también un problema de la Albufera hoy.

Conclusión

Visitar la Albufera es caminar sobre lo que fue el fondo del mar y entender que el ser humano logró transformar un desierto de sal en el granero de Valencia. Es un paisaje humano donde agricultura, aves, y tradición conviven gracias al agua.

Tiene también una función de conservación de microflora, siendo de los pocos lugares donde sobrevive la vegetación original de bosque bajo previa a los campos de cultivo. Una Reserva de la Biosfera bien entendida no debería prohibir, debería compensar.

Reconocer que este paraíso no lo creó solo la naturaleza. Lo creó la alianza entre el Turia, el Júcar y el hombre. Pagar al agricultor por los servicios ambientales, compensar la reducción de fertilizantes y modernizar sin perder la gestión tradicional serían temas clave.

El reto no es elegir entre naturaleza y agricultura. El reto es entender que aquí son lo mismo. El camino debería ser colaboración donde tradición y ecología caminen de la mano para que el paraíso siga siendo real.

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