El Camino de Santiago: Cuando andar se convierte en pura vida
Llevaba años escuchando que hacer el Camino de Santiago era una pasada. Que te cambiaba. Que era algo que había que hacer una vez en la vida. Y lo iba dejando. Por trabajo, por pereza, por pensar que no era para mí. Hasta que el pasado mes de junio lo hice con varios amigos. Sin prepararlo mucho. Sin ir de expertos. Salí con muchas ganas de desconectar 6 días y caminar. Y aquí entendí por qué todo el mundo te dice que engancha. Se vive una experiencia inolvidable.
Los primeros pasos: De Sarria a los túneles verdes
Empezamos desde Sarria. Nos esperaban bosques que eran túneles verdes. Niebla que se pegaba a la ropa por la mañana. Aldeas de 4 casas con nombres que no sabíamos pronunciar: Barbadelo, Ferreiros, Portomarín. Hórreos llenos de maíz. Vacas que miraban como diciendo «otra vez vosotros».
Nada más empezar a caminar llegaron los primeros mensajes de ánimo. «¡Buen Camino!», nos dijo un alemán que llevaba 700 km como si fuera nada. Una señora gallega de 80 años nos gritó desde su huerta «¡Moita forza, guapiños!» y nos regaló manzanas. A las 10, el silencio era total en medio del bosque. Paradita a tomar un café y a que te sellen las credenciales. Olía a lluvia, aunque no llovió ninguno de los días. Nos empezamos a dar cuenta de que caminábamos por sitios bonitos y compartíamos conversaciones con otros peregrinos que sentían lo mismo que nosotros.
La alegría de ir sin prisa
Es que en este tramo de 115 km no hay ni un kilómetro feo. Es imposible aburrirse. Y esa es la alegría. Sales de Sarria cantando. Pasas Barbadelo con su iglesita románica en medio del bosque, Ferreiros, Mirallos. Y de repente bajas a Portomarín, que es un pueblo que sacaron del agua del embalse y te lo encuentras arriba, enorme, blanco, precioso.
Y continúas disfrutando. Subes por Gonzar, Ventas de Narón, Ligonde, Eirexe… son aldeas de 10 casas, con hórreos, con gallinas por la carretera, con olor a leña. No hay ruido. Solo el clac-clac de las botas, el crujir de los eucaliptos y de vez en cuando un «¡Buen Camino!» que te gritan desde alguna casa o los mismos peregrinos que vas encontrando en el camino.
Llegas a Palas de Rei, San Xulián, Casanova, Leboreiro… y todo es verde. Verde de verdad. Vas riéndote con tus amigos sin motivo. Porque vas ligero y feliz. Porque no tienes que coger el móvil, no tienes que llegar a ninguna hora. Solo andar. Y luego Furelos, Melide —paras a comer pulpo, sí o sí—, Boente, Castañeda, Ribadiso con su puente medieval sobre el río… hasta Arzúa, que ya huele a queso y a final feliz.
La llegada a Santiago y la recompensa
Y el último día ya vas volando… Vas cansado, pero con una alegría tonta que no te cabe en el pecho. Y de repente, Monte do Gozo. Ves Santiago a lo lejos. Y entiendes que la alegría no era solo llegar. Era todo lo que hemos pasado también. Entramos en la Catedral, abrazamos al Santo. Y a partir de ahí, disfrutamos Santiago que es una pasada. No es una ciudad para verla en una hora e irte. Es para quedarte una noche más, sin caminar. Para patearla, para reírte, para decir «lo hicimos».
Nuestro plan fue este:
- De tapeo por el casco viejo: Dejamos las mochilas y nos fuimos directos a perdernos por la Rúa do Franco y la Rúa da Raíña, de bar en bar. Pulpo, pimientos de Padrón, zamburiñas, una jarra de Ribeiro. Sin prisa. Con la misma ropa del Camino. Nadie te mira raro, todo el mundo está igual que tú. Después fuimos al hotel.
- Mercado de Abastos: Por la tarde, fuimos a comprar queso de tetilla y tortas de Santiago.
- La gran celebración: Por la noche, a celebrar en la plaza, con todos los que nos habíamos ido encontrando desde Sarria. Porque todos acabáis allí, el mismo día, con la misma cara de felices.
Mensaje final
El Camino desde Sarria no te va a cambiar la vida con una señal mágica en Santiago. Te la va a cambiar en el kilómetro 30, cuando te des cuenta de que llevas 2 horas sin mirar el móvil y no lo echas de menos. En el kilómetro 70, cuando compartes mesa con desconocidos y te ríes como si los conocieras de toda la vida. Cuando vuelves a tu casa cansado, pero feliz. Como si hubieras dejado un par de piedras por el camino y la hubieras llenado de salud, energía y pensando que quieres repetir la experiencia de nuevo.
Sarria te está esperando y Santiago también. Lleva 1000 años ahí.
Si has llegado hasta aquí leyendo esto, es porque algo dentro ya te está diciendo que vayas. Hazle caso. No necesitas estar en tu mejor momento. No necesitas estar en forma. No necesitas creer en nada concreto. Solo necesitas 5 o 6 días, unas botas que ya tengas y decir a un par de amigos «venga, vamos».
¿Te vienes?







